«El tejido misterioso de la vida y el relato milenario de las comunidades humanas encuentran su origen en el agua. Así lo proclamaron hace dos mil quinientos años los filósofos Tales de Mileto y Anaximandro, quienes
hallaron en este elemento de la naturaleza el inicio de todas las cosas y el despertar de nuestra existencia.

Así también lo intuyeron mucho antes nuestros más lejanos antepasados, cuyas huellas se pierden en las profundidades del tiempo, al ver cómo el milagro de la vida se desplegaba ante sus ojos con la lluvia, en las playas vírgenes tocadas por las olas, en el fondo de los lagos y los ríos.

La hermosa exposición que el Museo La Tertulia abre, para el disfrute de nuestra ciudad, rinde homenaje a esa hermandad estrecha y antigua del hombre con el agua. Enfocada aquí en las tradiciones, los mitos, la cultura, las maneras de relacionarse con el mundo y las valiosas costumbres de comunidades indígenas que han habitado el territorio colombiano durante miles de años.

En Hijas del Agua, las maravillosas fotografías de Ruven Afanador y el talento de la artista Ana González se dan la mano para abrirnos la puerta de universos desconocidos. Durante tres años, estos geniales creadores recorrieron los más recónditos lugares de nuestra Colombia, desde cordilleras inaccesibles hasta selvas espesas, desde planicies abrasadas por el sol hasta bosques donde la lluvia parece infinita.

Con los ojos llenos de asombro se adentraron al mundo de 26 comunidades indígenas, para regalarnos un hermoso testimonio de la invaluable diversidad cultural de nuestra Nación, en fotografías sobrecogedoras por la belleza y la fuerza.

Tengo la certeza de que los espectadores se sentirán conmovidos ante el vigor con que Ruven Afanador ha captado la esencia de los rostros, los cuerpos, las miradas, los movimientos y el contexto de estos hombres y mujeres que nos hablan con un pasado milenario a cuestas.

Algo mágico y encantador ilumina la esbelta figura del joven que camina con la mirada altiva por un sendero de piedra; cuánta paz en el hombre que se abraza a sí mismo como quien se recoge sobre el centro de su alma; cómo descifrar el inquietante misterio de las máscaras y sus gestos; con qué sensualidad esta mujer se recuesta sobre el piso de tablas y nos ofrece la pureza total de su hermosura.
De pie ante sus fotografías, uno siente la respiración de la montaña, el misterio que canta en sus bosques, el latido de la sangre y, más aún, el halo de magia y de secretos ancestrales que son el fundamento de sus días. Con maestría, Ruvén supo capturar los mundos invisibles, lo mítico y lo místico que se teje más allá de lo puramente físico.

Este espléndido resultado es fruto del complemento ideal de la creatividad de Ana González. Utilizando tejidos, tintas, porcelana o grafito, sus intervenciones se integran en esta obra de manera armónica y fluida para subrayar los detalles y dotar al mensaje de una fuerza mayor.

En cada pieza nos detienen sus delicadas líneas, símbolos y puntos con que intensifica la expresión de los rostros, el significado de los preciosos tocados, la filigrana de los ornamentos, o los detalles de los vestidos. El trabajo de Ana deja abiertas ventanas para que circulen las diversas interpretaciones que toda buena obra de arte despierta.

Ruven y Ana tienden un puente con el pasado remoto y con el presente vigoroso de pueblos que también han vivido nuestra compleja y difícil historia nacional. Pueblos indígenas con vocación de convivencia, que han padecido las atrocidades del reclutamiento de niños para la guerra, el desplazamiento forzado, la violencia de género, y la violación de legados y patrimonios culturales.

Como señala el antropólogo Wade Davis en el prólogo del libro Hijas del Agua, estas comunidades han vivido momentos sombríos, ahora y desde tiempos inmemoriales, pero a pesar de ello han sobrevivido y sus voces no han podido ser silenciadas del todo. Darles eco, amplificar la resonancia de sus tradiciones y reivindicar su importancia como parte esencial de nuestra identidad nacional es otro logro fundamental de estas fotografías. Sobre todo, en una época que parece empeñada en homogeneizar las maneras de habitar y concebir el mundo.

Ahí están, para que las contemplemos con fascinación espiritual y deleite estético, las huellas vitales de los wayuu, kogui, misak, Uitoto, embera chamí, nasa y nukák, entre otros. Reconocerlas como soporte de la
diversidad que nos hermana es una acertada manera de preservar su legado y valorar todo lo que tienen para ofrecernos con sus saberes, su respeto por la naturaleza, su íntima conexión con el universo espiritual
que los rodea.